martes, 14 de septiembre de 2010

Toronto

19 de agosto, jueves. 12:30 en hora local. Se han cumplido las 28 horas de viaje en solitario cuando el avión aterriza en el Pearson International Airport. Mi cabeza hace un repaso del trayecto hasta aquí: Murcia-Barcelona-Bruselas-Toronto. Y entre la fatiga más absoluta, en mi cabeza aflora de vez en cuando alguna otra sensación: pereza, sólo de pensar que en 11 días tendré que repetir esta peregrinación en sentido inverso; angustia, cuando repaso la conversación con los de la puerta de embarque (¿por qué motivo viaja a Canadá?, ¿dónde conoció a esos amigos?, ¿cuál es la dirección de su destino?, ¿cómo está tan seguro de que le esperan en el aeropuerto?). Llevo una noche sin dormir y tres cafés en el cuerpo que no me han vuelto más lúcido ni más razonable. Así que, una vez que mis maletas aparecen, mi corazón palpita más de lo necesario mientras me encamino a la puerta de salida. En un primer vistazo no los veo. Luego me tropiezo con un cartel demasiado familiar para ser una coincidencia. Y, de repente, todas las penurias del viaje se han convertido en una anécdota sin importancia.

Simon y Brandon están entusiasmados y no paran de hablarme mientras nos encaminamos a la casa de los padres de este último. Toronto aparece hoy soleado, rozando los 30º, y es una gran tentación probar la piscina particular de la casa mientras ellos dos preparan la primera barbacoa. Esta ciudad parece inmensamente grande, y nosotros estamos alojados en una población de las afueras llamada Mississauga, en uno de esos barrios residenciales con avenidas largas llenas de casas con jardín y árboles y césped por todas partes. Para comprar basta con conducir cinco minutos hasta llegar a una de esas plazas comerciales con grandes plazas de aparcamiento para rancheras como la que trae Brandon. Aquí las distancias son muy grandes y se va en coche a todas partes, me explican. Y como hemos vuelto rápido de la compra, descubro que Brandon ni siquiera había cerrado la puerta principal: "no me mires así, Jousé, aquí nadie va a entrar a robarnos". Por la tarde llega la flamante Toyota Highlander que nos llevará con nuestros bultos por estas tierras. Brad tuvo éxito en las negociaciones con su abuela - a la que ya os presenté - y finalmente ha conseguido traerse consigo este mastodonte con él y su novia dentro. Ellos "sólo" han tenido 7 horas de viaje tranquilo, así que aún tienen fuerzas para dar una vuelta. A Brad se le ve muy contento de reencontrarse con nosotros y tiene muchas cosas que contarnos. Amanda es más tímida, y de vez en cuando prefiere dejarnos algo de intimidad.

La agenda de estos tres días es agotadora, creo que les motiva que yo haya cometido la locura de venir desde tan lejos y, con ese pretexto, aprovechan para descansar sólo lo necesario y visitar sitios distintos sin parar. Dos días enteros en Toronto se me antojan insuficientes para ver toda la ciudad, pero al menos sí que nos alcanzan para visitar Little Italy y Chinatown, contemplar tiendas y objetos procedentes de todo el mundo y pasear por downtown (centro de la ciudad) cerca de los rascacielos (imponentes de día, majestuosamente iluminados de noche). Después de probar unas cuantas cervezas que aquí son famosas pero en Europa son casi desconocidas, la segunda noche acabamos en una fiesta de cumpleaños, y allí descubro por primera vez el Beer Pong, el juego de borrachos más popular de aquí, que curiosamente es un juego de habilidad y competición por equipos (los nuestros son más de beber mucho e indiscriminadamente, diría yo).

El sábado tenemos oportunidad de subir a la CN Tower, la torre más alta de Toronto (¿a que ya sabéis lo que se ve desde la torre más alta de Toronto?). Además hay una feria en la ciudad. También es un concepto diferente aquí: se paga por entrar (16$CAN) y, a las clásicas atracciones, tómbolas y puestos de comida, se añaden desfiles, degustaciones gratuitas e incluso mercadillos de ocasión donde hay cientos de personas comprando ropa, tecnología, libros, menaje... La feria es un gran acontecimiento social aquí, algo que la gente no quiere perderse bajo ningún concepto. Y por la noche, Brandon nos consigue entradas para asistir al Medieval Times, un espectáculo que originalmente se importó de nuestro país y en el que él trabaja como camarero y animador. Es una suerte que nos haya conseguido los tickets, de otro modo nos habría costado pagar los 63$CAN de la entrada (por cierto, los dólares canadienses y los de Estados Unidos tienen aproximadamente el mismo valor ahora mismo). El domingo aún nos queda tiempo para visitar las cataratas del Niágara y despedirnos de los padres de Brandon para concluir la primera etapa. Los dos se han portado estupendamente con todos y, cuando les doy la razón en el argumento de que las cataratas son más bonitas desde este lado de la frontera, asienten satisfechos y nos desean buena suerte en nuestra siguiente visita. "Por lo que Brandon nos ha contado, Jousé, creemos que a ti te va a resultar especialmente encantadora..."

2 comentarios: